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«Sobre el cartel de la Semana Santa de Plasencia del año 2024», artículo de Juan Manuel Ramos Berrocoso

A continuación, publicamos el siguiente artículo del sacerdote, cofrade y Capellán Consiliario de la “Hermandad de la Sagrada Cena” Juan Manuel Ramos Berrocoso. Un escrito en el que Juan Manuel expresa su opinión sobre el cartel de la Semana Santa de Plasencia de este año 2024.

El pasado sábado 27 de enero de 2024, en un acto convocado por la Unión de Cofradías Penitenciales de Plasencia, fue presentado el cartel que ilustra nuestra Semana Santa de este año. Es una obra de la artista placentina Cristina Blázquez Buenadicha quien la dio a conocer en ese momento e hizo algunos comentarios muy sugerentes en torno a su contenido. Sobre esa base me atrevo a ampliar y desarrollar lo que ella misma dijo porque, en mi opinión, posee una gran riqueza.

La autora explicó que su obra quería expresar y transmitir una experiencia personal, es decir, cómo ella había recibido desde la fe, a través de sus padres, la vivencia de la Semana Santa, y cómo, junto a su esposo Rodrigo, quieren transmitirla a sus hijos. Conforta escuchar estas palabras de una artista que pone el fondo antes que la forma, el contenido antes que la expresión externa. En ese sentido, el Papa sabio Benedicto XVI escribió: «Vosotros, queridos artistas, sabéis bien que la experiencia de la belleza, de la belleza auténtica, no efímera ni superficial, no es algo accesorio o secundario en la búsqueda del sentido y de la felicidad, porque esa experiencia no aleja de la realidad, sino, al contrario, lleva a una confrontación abierta con la vida diaria, para liberarla de la oscuridad y transfigurarla, a fin de hacerla luminosa y bella».

A primera vista, se observa que en el cartel hay dos grandes partes: en la superior está el collage que propiamente ha trabajado la autora mientras que la parte inferior se encuentran los títulos oportunos y los logos de las cofradías y de otras instituciones que colaboran en la realización de las procesiones de la Semana Santa Placentina.

Podríamos decir que el telón de fondo del cartel es la fachada románica de la Catedral con su famoso rosetón. Cristina, en ese momento, al destacar esa imagen se emocionó porque, dijo, ese templo fue el lugar del sacramento de su matrimonio. Pero en la imagen no solo aparece el rosetón tantas veces admirado, sino que inmediatamente por debajo de él, y quizá de una época un poco anterior, está la escena de la de la Anunciación del arcángel Gabriel a María (Lc 1,26-38), dos tallas pétreas quizá un tanto toscas pero que ponen el acento en el contenido más importante de nuestra fe: el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno virginal de María (Jn 1,14). Por encima del rosetón hay otra escena pequeña, casi ignorada, que muy probablemente representa al rey Alfonso VIII arrodillado ante una imagen de la Virgen. No es aventurado concluir que de esta manera se está esculpiendo el lema de la ciudad que inspiró su fundación: para que sea agradable
a Dios y a los hombres. En mi modesta opinión se trata de un objetivo extraordinariamente valioso que nos señala como cristianos, que da identidad a la ciudad y que define nuestra Semana Santa. En el círculo de la teología de San Pablo (Tito 2,12) se habla de practicar una vida «sobria, honrada y religiosa» o «sobria, justa y piadosa», según la nueva traducción litúrgica de la Biblia.

Casi sin solución de continuidad el esbozo con tonos azulados y blancos de la portada más antigua que conserva nuestra Catedral se une a un hábito cofrade que por el brillo sedoso de la tela morada es claramente identificable con el de la Cofradía del Silencio. De nuevo, una pincelada verdadera y singular: lo que se celebra dentro de la iglesia, del templo, de la Catedral, sale a la calle con la belleza y solemnidad de nuestras procesiones. Según dijo Cristina, es una foto de Raquel Alonso Sánchez quien gestiona en Facebook la cuenta “Plasencia penitente”. En la imagen, al final de las mangas y con cierto tono solemne, aparecen las manos del penitente vestidas con guantes blancos; están cruzadas una sobre la otra y llevan un rosario, «una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad» como afirmó San Juan Pablo II. En realidad, en la imagen no aparece un rosario como se dijo, no; engarzado entre los dedos índice y medio de la mano derecha, el penitente porta un decenario y creo que tiene un bello sentido. Los cinco misterios que configuran cada parte del Rosario empiezan y acaban a lo largo de un
tiempo limitado. Sin embargo, nuestras procesiones son largas –y, en ocasiones, demasiado lentas– y dan lugar no solo a rezar un rosario completo con todos sus misterios, sino que permiten repetir varias veces, con devoción y reverencia, el padrenuestro y las avemarías del decenario pidiendo al Señor, incluso con lágrimas en los ojos y en el corazón, por tantas y tantas necesidades que, quizá hoy más que nunca, descansamos en Él (Mt 11,28).

Las cuentas del decenario ilustran una idea que es necesario resaltar, aunque nos resulte doloroso hacerlo. Si intentamos quitar una sola de las perlas que lo componen, destrozaremos su integridad y estructura. Desgraciadamente eso sufrimos en nuestra Semana Santa: no todas las cofradías tienen estatuto canónico e incluso algunas de ellas no asumen la unidad o llegan a manifestar públicamente que no tienen ninguna intención de integrarse, sino que les basta la tácita aprobación de su capellán o consiliario. Es doloroso porque la unidad, la comunión, la Koinonia es una característica insoslayable del ser cristiano. Las palabras del Evangelio son contundentes cuando Jesús ora diciendo: «que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).

El decenario está adornado con una cinta. Cuando Cristina presentó este punto afirmó que conocía toda la historia de ese simbolismo por el relato del Hermano Mayor de la Cofradía del Silencio, pero era un asunto de carácter personal y debía quedar en el secreto del corazón. Sin embargo, bien podemos interpretar esa cinta como los frutos que esperamos de nuestra oración realizada a lo largo de todo el recorrido de las procesiones cuando las Cofradías presentan, como catequesis visual, las escenas de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

El hábito morado está ceñido por un cíngulo amarillo, cuyos extremos terminan en unas borlas que se descuelgan hacia la parte baja del cartel poniendo en relación, de esta manera, las dos secciones. Bienvenido sea el interés turístico que pueda suscitar nuestra Semana Santa, pero si no está inspirado por una verdadera experiencia religiosa de poco, quizá de nada, servirá. De hecho, el cíngulo es el utensilio de las vestiduras religiosas, litúrgicas o devocionales que ciñen la cintura, pero igualmente tiene un significado más profundo. Cuando el sacerdote se reviste para la misa puede rezar: «Cíñeme, Señor, con un cíngulo de pureza, y extingue en mi la llama de la pasión, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y de la castidad». Y en otro sentido escribía san Pablo a los Colosenses: «Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor [el cíngulo] de la unidad perfecta» (Col 3,12-14).

Prácticamente en el centro del cartel hay una cruz. En un cartel de Semana Santa no podía faltar una cruz, símbolo cristiano por antonomasia; pero Cristina la ha expuesto intencionadamente en forma de llamador. Cuando el cofrade que dirige un paso advierte a los hermanos portadores o cargadores que se preparen para reiniciar la marcha, golpea varias veces con el llamador (o con una pequeña campana); y, una vez que estos se preparan, un último golpe es la señal para llevar de nuevo sobre los hombros al Señor o a su Madre, la Santísima Virgen, para continuar la procesión. Advertía Cristina en su presentación que toda la semana Santa es una llamada del Señor a nuestras vidas. Así lo canta el salmo: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis el corazón» (Sal 95(94),7-8). Y también es la súplica del Padre a los apóstoles: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9,7). El gran Lope de Vega lo vierte así en un famoso soneto que ha sido introducido en la Liturgia de las Horas: «Alma, asómate ahora a la ventana, // verás con cuánto amor llamar porfía». Bajo nuestra responsabilidad como cofrades, cae esa apertura, esa escucha, esa atención, a lo que el Señor con su llamada quiera transmitirnos.

Creo que, en el fondo, la idea final que sostiene el cartel y que expresa su verdadero sentido son las palabras de María en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5). María, la Santísima Madre de Dios, siempre presente a nuestro lado como lo estuvo cerca de la cruz de su hijo (Jn 19,25), según recuerda el himno latino: «Stabat Mater dolorosa // Iuxta crucem lacrimosa, // Dum pendebat filius…». Y que tradujo, de nuevo, Lope de Vega: «La Madre piadosa estaba // junto a la cruz y lloraba // mientras el Hijo
pendía…». Feliz, piadosa y gloriosa Semana Santa, Semana de Pasión, Muerte y Resurrección.

Gracias, Cristina. Dios premie tu sensibilidad artística y religiosa.

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